BellyCatrina
“Celeste”

Autor
María Esther Eugenia Solís

BellyCatrina

Les narraré una historia fascinante donde juega la fantasía y la muerte, es una historia de amor, de esos amores que debemos de recodar, que no conocen límites y que se escribieron fuera de la realidad, de esos que encierran un gran misterio y crean una gran leyenda. Cuando yo la escuché por primera vez pudo perturbar mi mente. Por azares del destino dos seres no pudieron culminar su amor y su asombrosa existencia los llevó abrir la puerta de otra dimensión.

Los abuelos contaban que en el año 1910 existieron dos personajes de leyenda, ella se llamaba Celeste, originaria del barrio de Coyoacán, era una joven de una descomunal belleza; su larga cabellera le caía por la espalda como cascada de aguas azules, sus ojos de color inimaginables, en ellos existía un arcoíris lleno de luz. Su mirada perturbaba al más osado y valiente joven. Celeste además era poseedora de grandes cualidades y de naturaleza cálida, jovial, amable y bondadosa; con grandes dotes de artista, poseedora de una gran voz. Celeste le ganaba el corazón a todo aquel que la conocía, fue hija de Diego Rivera un acaudalado y reconocido pintor, María Linares, su madre una gran dama de sociedad. Vivían en una gran mansión y su glorioso pasado les había heredado una gran fortuna financiera así como de muchos privilegios.

El reloj empezó a marcar su tiempo, iniciaron los ensayos entre estirones y jalones, donde se desbordaba la alegría. Se inició su nueva vida y fueron adentrándose más y más a aguas peligrosas. El guión parecía estar escrito para ellos, como si el escritor los hubiera conocido en el pasado, hablaba de dos locos enamorados que sucumbían a la locura; su desenfrenada pasión los llevó más allá del quinto sol.

La obra tuvo un gran éxito, su fama se extendió y transcendió mas allá de las fronteras, él le declaro su amor y ella lo aceptó con devoción. Ellos trabajaron por varios meses, haciendo planes para no separarse jamás. La vida siguió su marcha precipitadamente, así como siguió su éxito, iniciaron planes para unir sus vidas y hacer una gran boda. El idioma con el que se comunicaban era tan profundo, hasta el viento tibio les susurraba al oído como el trinar de un cenzontle.

Seguían Corriendo las manecillas del reloj, sus vidas iban a tomar rumbos diferentes. Mateo fue requerido para cumplir sus contratos en el extranjero y pronto tenía que partir. Celeste también tenía que viajar al sureste del país a una zona selvática. La despedida fue dolorosa y triste para los dos. Para Celeste fue un golpe mortal, derramaron lágrimas como si fuera la última vez que se fueran a ver.

Mientras tanto en el cielo, mil ojos la miraban con ternura y las flores rotas derramaron lágrimas de tristeza y, abrieron el portal a otra dimensión. Era alrededor de media noche cuando Celeste se marchó de este mundo.

Mateo seguía cumpliendo sus funciones, pidiéndole al tiempo que se marchara pronto para reunirse con su amada, siempre habían estado en constante comunicación y platicaban como se iban a unir y planeando cómo serían sus grandes vidas. El tiempo transcurrió lentamente, él tenia semanas sin ninguna noticia de Celeste, una gran inquietud lo embargaba, su corazón estaba angustiado, más bien desesperado, había hecho todo lo imposible para comunicarse con ella, pero nada.

Llego el final de la temporada de Mateo y al fin, quedaba libre; se alistó para viajar y encontrarse con Celeste y poder organizar su boda. Viajo recorriendo una gran distancia hasta llegar a su destino. El cansancio del largo viaje no le importó, pero al acercarse a la casa de Celeste un escalofrío recorrió su cuerpo, intuyó que algo grave había pasado. Él había preguntado por Celeste pero nadie había querido hablar de su deceso.

La casa se veía triste, parecía estar sola, ya no florecían los jardines como cuando estaba ella. Con paso tembloroso fue acercándose, el corazón le latía apresurado, se gritó a si mismo: ¡calma, calma!. Se detuvo en la puerta, le temblaba todo el cuerpo, su mano no podía tocar la puerta. Al fin tocó y tocó, pero nadie respondió a su llamado; después de un rato que le pareció siglos, una voz cansada y pausada le contestó: “un momento, enseguida le abro”, hizo que su presentimiento se acentuara más.

De pronto se abrió la puerta, era la nana de Celeste, y dijo: “¡Oh, Dios!. Es usted joven Mateo, por qué tardó tanto en venir”, con voz de enojo y reclamo. El no podía mas y pregunto: “¿está Celeste aquí?”. La nana con un movimiento de cabeza le dijo que no, llenándose sus ojos de llanto. La voz eléctrica con la que habló la nana a Mateo, le taladraba los huesos, diciéndole: “usted no sabe nada joven Mateo”. Él contestó: ¿qué debería saber?, todo mundo envuelve en el misterio algo que no quieren que me entere, dígame dónde está Celeste. Mientras seguían corriendo las lágrimas sobre las mejillas de la nana. Ella tomó aire y sin pensarlo mucho dijo: “la niña Celeste murió”. La existencia de Mateo se rompió. Mientras tanto a lo lejos se escucha el Tic - Tac del reloj, siendo las doce del día, su eco entró como lanza clavándose en su corazón. Él gritó con profundo dolor: ¡Eso no es cierto, es broma!. Haciendo a un lado a la nana y buscándola en la casa. “Celeste, Celeste, ¿dónde estás?”. Vio en un rincón unas flores en un jarrón, se acercó y observó la foto de ella con su vestido favorito y con una corona de rosas que adornaba su cabello y, esa mirada tierna y soñadora perdida viendo el infinito. En ese momento como si fuera una pesadilla, la locura se apoderaba de su mente, y sin poderlo creer y con dolor reclamaba por qué no le habían dicho. Tambaleándose con su corazón que parecía explotar, la nana lo sujetó. Pero Mateo salió corriendo buscando a Celeste, gritando: “por qué te fuiste y me dejaste tan solo”. Vagó muchas horas por las calles de la ciudad, por los lugares que ellos habían frecuentado; actuando como un loco hasta que cayó de cansancio en una banca, frente a una fuente que bebió sus lágrimas. Mateo perdió la conciencia y de nuevo el dolor lo levantó para seguir caminando en busca de la muerte y unirse a ella.

Ella ha regresado del mundo de los muertos. La sombra que esperaba ansiosa ha empezado a cobrar forma, es su bello alebrije recibiéndola con alegría, reviviendo sus colores en su rostro, dándole un abrazo diciéndole: “¡Bienvenida Celeste! (e inicia a danzar alrededor de ella). Cuando murió Celeste el alebrije tomó vida.

El alebrije le dice: “al fin volvemos a estar juntos, el reloj me contó que regresarías para poder concluir tu historia, al cruzar el quinto sol y después de que la luna blanca se tiñera de rojo y siete lunas más se vistieran de azul. Y hoy es ese día, tienes 24 horas para encontrar a Mateo y regresar a tu labor de juntar almas que no se pudieron realizar”.

Del primer vagón baja un hombre distinguido, Mateo, quien confundido no sabe a qué lugar ha llegado. Pero reconoce que está en las estación de México y exclama: “ Al fin llegue a mi destino”. Y apresura su paso en busca de su amada, antes del que el tren parta de nuevo. Caminan uno detrás del otro por las calles de la gran ciudad sin darse cuenta que van muy cerca. Planeando cuál será el primer lugar para buscarse; reviviendo su pasado, recuperando sensaciones y emociones.

Celeste llega a su casa y se da cuenta que está deshabitaba desde hace tiempo. Intrigada le pregunta al alebrije, de cuánto tiempo había estado ahí su familia despues de que ella había muerto y que sabía de ellos. El alebrije le dice que no sabe mucho, porque él solo se ha dedicado a esperarla. Ella recorre su casa y luego va al huerto, donde su árbol florece en todo su esplendor. Observa con gran asombro que en el tronco, hay cosas que no tenía antes, un corazón que se había integrado a tronco y este seguía aún latiendo; se queda maravillada y se dice que es el árbol de la vida.

Celeste dice entonces: “tenemos pocas horas, el tiempo retrocede para poder seguir nuestro nuevo y largo viaje. Ahora será diferente, los dos nos iremos en el mismo tren y juntos, apresurémonos, vamos a casarnos ahora”. El alebrije hace el papel de juez para casarlos, llegan catrinas y catrines para asistir a la boda, al gran día. El huerto se llena de flores. Celeste y Mateo entre mezcal y mezcal se vuelven a jurar amor eterno. Se inicia el gran festejo; hasta el quetzal se toma una copa, quiere volar y sus alas se enredan, el alebrije canta y canta, contando todas sus hazañas.

El festejo sigue por las calles uniéndose más catrines, llegan al panteón con tambora y saxofón, pero también hay una música exótica, música oriental. Las calacas ríen, bailan, cantan, comen y beben las ofrendas que les han hecho las almas del otro mundo, es decir los vivos; quienes mientras unos les festejan y otros les lloran. Celeste y Mateo recorren varios panteones, su dicha es tan grande, que casi olvidan que tienen que retornar a la estación del tren para partir a la media noche; sino cumplen lo acordado, serán castigados y separados una vez más. Entre travesura y travesura chocan las copas, y caen las botellas. Es ya casi media noche, tienen que poner punto final a la gran fiesta. Celeste y Mateo les dicen a todas las calacas que es hora de partir, que tienen que ir a la estación Retroceso.

Unos se van corriendo en caravana, otros en auto, otros volando, otros en tranvía y otros como pueden para llegar a tiempo. Entran en la estación, sus gritos rompen el silencio. Se apagan las manecillas del reloj, faltan unos segundos para marcar la media noche. El maquinista ha echado a andar a la bestia de hierro, de nuevo el silbido del tren anuncia su partida. El catrin fue el último que subio, para asegurarse que nadie se quedara, el tren inicia su marcha, el reloj retoma su tiempo.

Según los abuelos contaban que cuando se encontraran Mateo y Celeste, se les permitiría volver al mundo de los vivos, el tiempo tendrá que detenerse y iniciar su retroceso para abrir el portal de la otra dimensión el día el uno y dos de noviembre, y BellyCatrina seguirá bailando a través de los rieles de la vida, así es como se volvió esta pareja una gran leyenda.

Él se llamaba Mateo, era un hombre con un gran don para las artes. Era poeta, narrador, pintor, actor, cantante y amante de las aves; así tenía como compañero un quetzal. Él venía de una familia de clase media, su padre José Posadas tenia un taller de litográfico y era dueño de un periódico local, que fue ganando fama con el curso del tiempo por las originales publicaciones que hacía, además era un gran padre y un hombre trabajador para darle a sus hijos una buena educación. Marina Ibarra, madre de Mateo era de alma muy buena, trabajadora y encargada de educar a sus hijos.

La vida seguía su curso, cada cual terminó su carrera y fueron subiendo peldaños, hasta que un día la vida los puso frente a frente. Un día fueron llamados para presentar una obra en el Palacio de Bellas Artes, en la que los dos eran los protagonistas; fue ahí donde tuvieron su primer encuentro, al mirarse por primera vez se desató una erupción de sentimientos, la primera chispa inició a darle forma a su amor. Se tocaron sin tocar, se hablaron sin hablar, sus cuerpos se electrificaron enfrente del uno al otro, después de un largo rato pudieron despertar de ese sueño irreal, se tomaron de la mano y ahí inició su historia.

Celeste se pregunto ¿qué era la vida?, ¿tan solo una ilusión? y, ¿el amor tan solo una fantasía?. Mateo partió con el alma rota, su corazón le gritaba: ¡no te vayas, no la dejes, regresa a su lado y de ella nunca te separes!, pero no le hizo caso y siguió su camino.

Celeste se unió en la oscuridad de las sombras, llegando el día que tenía que partir para la filmación de la película, la selva, lugar protagonista de arrancarle la vida. La filmación se prolongó mas tiempo de lo esperado, por el mal clima de fuertes lluvias. La humedad sofocante y el calor calcinante, el bochorno asfixiante, todo el equipo tuvo que adentrarse hasta el corazón de la selva.

Ella abrumada por la tristeza se puso caminar sin rumbo fijo hasta que se perdió, mientras en el horizonte rojo se iba desvaneciendo a colores negros, la noche estaba a punto de nacer apoderándose de todos los parajes. Celeste desorientada caminaba queriendo retornar, sin saber donde estaba la locación envuelta en la negrura. El director de la filmación se dio cuenta de su ausencia porque tenían pendiente una escena y al anochecer continuarían. Ahí en la hora cero cuando se toca la tarde para que nazca una nueva noche. El director paró la filmación y dio la alarma e inicio su búsqueda, saliendo todos gritando frenéticamente. Cada minuto que pasaba era alarmante por los peligros que aguardaban a Celeste en la selva; quien estaba sola, ella y su alma. Pasaron muchas horas, éstas se convirtieron en días y ella no aparecía. Las manecillas del reloj seguían su marcha.

Celeste con fiebre en alguna parte de la selva a causa de la picadura de un mosquito, se debatía entre la vida y la muerte, luchando por vivir. La encontraron unos días después unos lugareños y la trataron de salvar, pero deshidratada, sin recibir alimento en varios días solo susurraba el nombre de su amado, ya todo esfuerzo por salvarla era imposible. Celeste pidió papel y un pluma antes de que la fiebre le arranca desde la raíz su aliento. Su mano débil y sin una gota de fuerza escribió una carta de despedida para su amado Mateo, prometiéndole que estarían juntos en otra vida. Se despidió de su triste agonía y como una cinta cinematográfica repaso toda su vida, recordando el árbol que sus padres habían sembrado al nacer, para que crecieran juntos. También pensó en sus grandes historias con el alebrije misterioso y de vivos colores que su padre le había regalado.

El tiempo recorrió sus hojas, él seguía en alguna parte mientras sus familiares y amigos estaban consternados de la noticia que lo había enloquecido. Y lo buscaron hasta encontrarlo, lo cuidaron, le hablaron, pero Mateo solo quería reunirse con ella, diciéndoles: “¡déjenme morir!”. Pasó el tiempo y no se pudo recuperar; sin decir nada a nadie Mateo salió de su casa rumbo al árbol que tanto amaba Celeste junto su fiel compañero, el quetzal que le daba aliento. Su grito estremecedor llamaba a Celeste, diciéndole que él iba a cumplir su juramento; llegando a las faldas del árbol un fuerte dolor en el pecho lo atravesó hasta su espalda, sus manos se habían convertido en puñales que le sirvieron para abrir su pecho y arrancarse el corazón para ofrecérselo al árbol y así, para poder unirse con Celeste.

Un fuerte remolino arraso todo indicio de vida, desnudando a los arboles hasta dejarlos sin hojas. La tierra se encargó de cubrir su cuerpo con espesa y bella vegetación, el árbol acogió el corazón de Mateo, transformándose en el árbol de la vida. Los hilos se rompieron y el reloj tomó su forma original para iniciar la hora del retroceso.

Hay un encargado el día uno y dos de noviembre para levantar las almas de este mundo y llevarlas al otro mundo, donde las sombras giran al compás de la música.

El reloj ha marcado la media noche. En la “estación Retroceso” todo indica que el tiempo se ha detenido, todo se ve aterrador, las vías crujen y a lo lejos se escucha el silbido de la bestia de hierro, el tren. Éste corre vertiginosamente para llegar a tiempo, las ruedas se aferraban a las vías para parar, el vapor se sigue desprendiendo en medio de los rieles, se escucha el forcejeo de una puerta que no se puede abrir. Se distingue una figura en el pasillo, por sus movimientos parece ansiosa, con miedo de que no llegue a quien espera.

Al fin la puerta del ultimo vagón se abre, baja ella “Celeste”, entre la multitud la negrura da vida a los seres que has conocido. Ella sin prisa camina hasta detenerse con su pies que parecen alas, no tocan el suelo, de sus cabellos largos se desprenden lucecitas que parecen luciérnagas, formando una corona de luz. Esbelta, porte de un ser no de este mundo, no, definitivamente no, ella no es terrenal. Ella levanta sus brazos descarnados por el tiempo, mira al cielo por retornar a su tierra bien amada.

Descubre al quetzal de Mateo posado en una rama, mientras el viento acaricia su plumaje. El quetzal al verla, emprende su vuelo acercándosele y le dice que, entre las raíces del árbol yace el cuerpo de Mateo.

Mientras tanto Mateo sigue caminado por las calles de la gran ciudad, va recogiendo las flores y velas que encuentra en su camino. Hay mucho movimiento en la ciudad, gente que corre y se atropella entre sí. Él se pregunta por qué la gente anda así y se dice: “ya había olvidado que era el día de muertos. Un día memorable para honrar a los seres queridos”.

Platicando con él mismo apresura su paso, al fin distingue a lo lejos la casa de su difunta prometida. Cruza la calle, entra a la casa, atraviesa la espaciosa estancia para adornar el árbol con las flores y las velas que había recogido en el camino y recuperar a su quetzal. Su asombro es infinito al ver que Celeste y su alebrije están ahí. Corre, grita su nombre, Celeste voltea y corre a su encuentro. Se abrazan, se dicen mil palabras, Mateo deja caer su cabeza en el regazo de Celeste. Ambos se dejan caer para dar gracias. Y el alebrije celebra el encuentro. En tanto, el quetzal va al encuentro de su amo. Mateo le cuenta a Celeste que depositó su corazón en el árbol, pues al enterarse de su muerte se llenó de dolor y no pudo soportarlo. Se cuentan que no se les permitió entrar al cielo porque habían jurado amor eterno, pero se tendrían el permiso de cumplir lo jurado, con la condición de juntar más almas que no se habían podido realizar y revivir la tradición del día de muertos. También se contaron que habían llegado en el tren de la media noche, sorprendiéndose que todo el tiempo habían viajado juntos. En el libro de la vida estaba escrito el día y el lugar de su reencuentro, ubicado donde se encontraban sus restos.